Las ciudades son lugares llenos de gente y vacíos de humanidad. Nos sentimos solos y deprimidos ante tanto edificio, tantos vehículos, tanto ruido, tanta soledad. Somos muchos pero estamos solos. Pero entre tanta soledad hay Alguien que camina junto a nosotros. Que nos escucha. Nos comprende. Nos ama. Siente nuestras soledades y depresiones. Alguien lo llamó PADRE y nos invitó a que le conversáramos, le contáramos nuestras angustias y nuestras penas para que se puedan convertir en alegrías y esperanzas. Te invito a que converses on nuestro Padre Dios de una forma distinta, poco convencional, la de rezar por la calle y no en el templo, la de sentir la alegría de vivir de cada día, la de conversar con Alguien que nos escucha y ama. Alguien que es Padre. Y Amigo. Y Compañero del Camino de la Vida.
¡Oh glorioso patriarca Santo Domingo!,
gloria de España, amparo de la fe y fundador de la sagrada orden de los Predicadores.
Tu nacimiento fue lleno de prodigios divinos, tu niñez amable,
tu vida admirable, tu doctrina más del cielo que de la tierra,
con la cual, y con los ejemplos de tus heroicas virtudes e innumerables milagros que el Señor obró por ti,
convertiste a la fe católica a innumerables herejes,
reformaste las costumbres extraviadas de los fieles,
instituiste una orden de varones apostólicos que
sustentase la Iglesia que amenazaba ruina, y llevase
por la redondez de la tierra la doctrina del Evangelio,
resistiese a los enemigos de la fe y fuese sol y luz del mundo.
Yo te ruego y suplico, ¡oh padre santísimo!, que me alcancéis la gracia de aquel Señor que te adornó de tantas y tan grandes gracias y virtudes, para que yo te imite en la pureza de mi alma y cuerpo, y en aquella ardentísima caridad con que tan amablemente llorabas los pecados ajenos y te castigabas por ellos, y quisiste ser vencido por rescatar el hijo de la viuda, y deseaste y procuraste ser mártir por el Señor; y aquella profundísima humildad y menosprecio del mundo, en la penitencia, en la mortificación de mis pasiones, en la oración y devoción a la Santísima Virgen nuestra Señora, que tu en tan sublime grado tuviste, para que siguiendo tus pisadas con tu favor, sea partícipe de tus altos merecimientos y de la corona que tu posees en el cielo.
Amén.
Descubriendo el Siglo 21
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Amado Santo Domingo, tu entregaste tu corta vida totalmente por el amor a Jesús y su Madre.
Ayuda hoy a la juventud para que se de cuenta de la importancia de Dios en su vida.
Tu que llegaste a ser santo a través de la participación
fervorosa de los sacramentos, ilumina a padres y niños en la importancia de la frecuencia en la confesión y santa comunión.
Tú que a una temprana edad meditaste en los sufrimientos de la Pasión de Nuestro Señor, obtén para nosotros la gracia de un ferviente deseo de sufrir por amor a El.
Necesitamos desesperadamente tu intercesión para proteger a los niños de hoy de los engaños de este mundo.
Vigila sobre ellos y condúceles por el camino estrecho hacia el Cielo. Pide a Dios que nos de la gracia para santificar nuestras
obligaciones diarias llevándolas a cabo de manera perfecta
por amor a El.
Y recuérdanos la necesidad de practicar la virtud sobre
todo en los tiempos de prueba y tribulación.
Santo Domingo Savio, tu que supiste preservar el corazón en la inocencia bautismal, ruega por nosostros.
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Desde el profundo abismo de mis penas
a Ti clamo,
Señor, de noche y día;
oye, mi Dios, los incesantes ruegos
de un corazón contrito
que se humilla.
Estén gratos y atentos tus oídos
a mi voz lamentable y
dolorida:
a Ti mis ayes y gemidos lleguen
pues a
escucharlos tu piedad se inclina.
¿Si siempre airado tus divinos ojos
sobre las culpas de los
hombres fijas,
quién estará confiado en tu presencia,
confundiéndonos sólo ante tu vista?
Más la eterna palabra de tu seno
que aplaque espero tus
terribles iras;
porque son inefables tus promesas
y con
tus gracias pecador invitas.
Así aunque mi alma acongojada gime
contemplando el
rigor de tu justicia,
por tu palabra la indulgencia espera,
de que la hacen culpas tan indigna.
¡Oh pueblo electo! De mañana y noche,
en todos tus
peligros y fatigas,
acógete al Señor con la confianza
que en su ley soberana nos intima.
Porque es inagotable su clemencia;
se muestra con los flacos compasiva;
de todas sus miserias los redime,
y siempre que le claman los auxilia.
Este Dios abrevie el tiempo
en que logre Israel su
eterna dicha
cuando de tus pecados la liberte,
que
con tanto rigor la tiranizan.
Encomendémonos ahora a las almas del Purgatorio y
digamos:
¡Almas benditas! nosotros hemos rogado por vosotros que sois tan amadas de Dios y estáis seguras de no poderlo más perder: rogadle por nosotros miserables que estamos en peligro
de condenarnos para siempre.
¡Dulce Jesús, dad descanso eterno a las benditas almas
del Purgatorio!
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