comenzando por los más débiles:
a los niños que aún no han visto la luz y a los que han nacido en medio de la pobreza
y el sufrimiento; a los jóvenes en busca de sentido,
a las personas que no tienen trabajo y a las que padecen hambre
o enfermedad.
Te encomendamos a las familias rotas,
a los ancianos que carecen de asistencia y a
cuantos están solos y sin esperanza.
Oh Madre, que conoces los sufrimientos y las
esperanzas de la Iglesia y del mundo, ayuda a tus hijos en las
pruebas cotidianas que la vida reserva a cada uno y haz que,
por el esfuerzo de todos, las tinieblas no prevalezcan sobre la luz.


