Las ciudades son lugares llenos de gente y vacíos de humanidad. Nos sentimos solos y deprimidos ante tanto edificio, tantos vehículos, tanto ruido, tanta soledad. Somos muchos pero estamos solos. Pero entre tanta soledad hay Alguien que camina junto a nosotros. Que nos escucha. Nos comprende. Nos ama. Siente nuestras soledades y depresiones. Alguien lo llamó PADRE y nos invitó a que le conversáramos, le contáramos nuestras angustias y nuestras penas para que se puedan convertir en alegrías y esperanzas. Te invito a que converses on nuestro Padre Dios de una forma distinta, poco convencional, la de rezar por la calle y no en el templo, la de sentir la alegría de vivir de cada día, la de conversar con Alguien que nos escucha y ama. Alguien que es Padre. Y Amigo. Y Compañero del Camino de la Vida.
Oh! Dios mío, permite que un rayo de luz ilumine las mentes de los grandes dirigentes de las naciones del universo.
Oh! Dios mío, permite que la paz se haga en beneficio de todos. Oh! Jesús de Nazaret ilumina los cerebros de esos hombres que se abstienen de hacer una paz justa y razonable y que esas nubes negras que envuelven a esas mentes sean desvanecidas, Dios mío, y penetre la luz de la razón para el buen entendimiento de esa paz, que tanto anhelamos.
Haced Dios mío que nuestros soldados retornen a nuestros hogares sanos y salvos. Oh! Padre Celestial, haz tu justicia para todos los seres humanos y que todas las madres del universo hagan una justa petición a tu poder inmenso, vos que todo lo puedes y que sois el Supremo Hacedor de todo lo creado.
Deseamos ser oídos en esta súplica.
Oh! Dios mío, para así consagrarnos en el deber que nos legó el maestro Jesús de Nazaret "el amarnos los unos a los otros" para que vuelva a brillar la luz de la razón en nuestras almas.
Adelante soldados, adelante, que Dios siempre tiene una morada para aquéllos que no desearía matar. Más la ley del destino los lleva hacia la guerra.
Que el Ángel Guardián los proteja en todas las horas del día y la noche y que pronto Dios mío seamos dichosos en una completa armonía universal.
Amén. Toda madre, esposa o familia debe hacer esta oración.
Es un deber.
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VIRGEN Y MÁRTIR
Gloriosa Virgen y mártir Santa Cecilia,
modelo de esposa fidelísima
de Jesús, vedme aquí postrado humildemente ante
vuestras plantas.
Soy un pobre pecador que vengo a implorar vuestra poderosa
intercesión ante Jesús a quién tanto amasteis, suplicándote que
me consigas un verdadero arrepentimiento de mis pecados,
un propósito eficaz de enmienda y una heroica fortaleza para confesar y defender la fe que he profesado.
Alcánzame la gracia de vivir y morir en esta santa fe,
como también las gracias especiales que necesito para
vivir santamente en mi estado.
Escucha y alcánzame mis súplicas, oh virgen poderosísima, para
que merezca gozar un día de la eterna bienaventuranza.
Así sea.
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Tú, que recibiste el saludo del Espíritu de paz,
Tú, que acogiste en tu seno el Verbo de paz,
Tú, que engendraste al santo hijo de la paz,
obtennos el don de la paz.
Tú, que secundas a Aquél que hace que
por doquier reine la paz,
Tú, la llena de gracia por quien todo lo perdona,
Tú, que eres prenda de su eterna misericordia,
obtennos el don de la paz
Para que los cautivos sean al fin liberados,
Para que los desterrados encuentren al fin su patria,
Para que los que sufren, encuentren la fortaleza,
obtennos el don de Ia paz.
Tú, la Bien-Amada de nuestro Creador,
Tú, la plenamente bendita de su creación,
Tú, la Abogada de su creación,
obtennos el don de la paz.
Por la angustia de los hombres y mujeres,
Por los recién nacidos que duermen en su cuna,
Por los ancianos que tanto desean morir en su lecho,
te pedimos el don de la paz.
A ti que eres la madre de los desamparados,
A ti que eres la enemiga de los duros de corazón,
A ti que eres la estrella
que brilla en el cielo gris de los descarriados,
te pedimos el don de la paz.
A ti, la esposa del Dios vivo, A ti, que eres la
Madre del Dios resucitado,
A ti, que eres la Reina en el reino del Dios lleno de Paz,
te pedimos el donde tu paz.
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Madre de Jesús y Madre de la Iglesia,
María, qué intima y misteriosa relación
guardas con estos hijos tuyos,
llamados a seguir más de cerca, como tú, a Jesús
Tu vida escondida, siempre sencilla y disponible,
llena de gracia y rebosando ternura y compasión,
nos estimula a la contemplación y al servicio,
a la acogida y al desprendimiento
y a estar junto a la cruz.
Por tu fecunda virginidad
somos hermanos y somos apóstoles de Cristo
Nuestra vida consagrada intenta reflejar, así,
los rasgos de tu acción materna entre los hombres.
Conscientes de cómo llegó hasta ti la plenitud de la vida
y de cómo la comunicaste al mundo sin tardanza,
queremos ser también sus transmisores
a través de la acogida y el compromiso.
Porque, compasiva, adelantaste la hora de tu Hijo,
queremos, como tú, ser solidarios:
con los pobres, con los que sufren, con los humildes.
Porque supiste de dolores y soledad,
queremos, como tú, mantenernos vigilantes
para que a ningún crucificado
le falte nunca una compañía maternal.
Porque fuiste siempre dócil
y confiaste en la acción transformante del Espíritu,
queremos someter, como tú, nuestras vidas
la permanente tarea de renovación;
propiciando así para la Iglesia un nuevo Pentecostés.
Tu incondicional entrega a Dios y a los hombres,
tu humildad, tu gratitud, tu fidelidad,
son otras tantas urgencias en nuestros corazones,
fácilmente expuestos a pactar con el egoísmo,
con la comodidad y la rutina.
Tú que fuiste la primera discípula y primera testigo de Jesús
y que vives ya glorificada en el cielo,
tú que eres la esperanza y guía de los que aún peregrinamos,
tú que eres la estrella y guía de la evangelización,
ilumina nuestro camino en pos de tu Hijo Jesús;
ayúdanos a configurarnos con Cristo,
para irradiar por el mundo la alegría de la salvación.
Tú que eres la más perfecta imagen de la Iglesia
y la figura acabada de la nueva humanidad,
aviva en nosotros tus sentimientos y tu generosidad
para ser celosos servidores del Reino.
Amén.
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